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San Prudencio

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SAN PRUDENCIO DE ARMENTIA

Por J.M. de Marigorta- Cronista de Alava

Siempre fue famoso el pueblo de Armentia.

Estaba en la calzada romana que pasa por la llamada alavesa.

Era Camino de Santiago para los peregrinos de Europa a Compostela.

Como es, ahora, ruta turística, carretera general y vía férrea que cruzan por su lindero.

Tenía una población muy numerosa, recogida aquí cuando los terribles años de la invasión árabe, cuando muchas familias huyendo de aquellas atrocidades se guardaban en los pliegues de nuestras montañas.

Tenía siete iglesias, algunas de ellas tan importantes como la de San Julián y Santa Basilia, con cuyo arco se hizo la Escuela del pueblo, hoy desaparecida; y tan interesantes como la actual Basílica de San Prudencio, considerada Monumento Nacional.

Tuvo dieciséis Obispos en el intervalo de los siglos octavo al undécimo, y por tanto tuvo Sede Episcopal y la primera Catedral de Vasconia.

Y, si muchas de estas cosas se perdieron para Armentia, hoy pequeña aldea, le queda siempre ser la PATRIA DE SAN PRUDENCIO, porque él

es de Armentia la más pura gloria

es la prez, el honor de Vitoria,

y el orgullo del pueblo alavés

como cantamos en su himno.

En esta bonita, pero pequeña aldea, y en su pintoresco alto de Mendive, enseñan hoy el “Palacio del Santo”, reformado en el correr de los tiempos.

Aquí, nació, por los años de los siglos sexto o séptimo. Hace pues, unos trece siglos; hace, por tanto, unos mil trescientos años. Mucho tiempo, pero su fama ha vencido al tiempo.

En liturgias, calendarios, códices, breviarios, altares, templos y pueblos, ha ido grabándose desde entonces la fama de aquel hijo del pueblo de Armentia. Sobre todo, en el corazón de sus paisanos, y también en el recuerdo y en la devoción de las ciudades y provincias que han sido relacionadas con San Prudencio.

Particularmente, el día 28 de abril en que se celebra su fiesta, y especialmente en Armentia, su pueblo.

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¿Cuál fue el mérito de este hombre singular?

Sencillamente: haber escuchado la voz de Dios, que le llamaba a la vida de

Oración y de apostolado: tuvo la intuición suficiente para apreciar la pequeñez de las cosas de la vida; y se decidió a cambiar los márgenes del Zadorra por las orillas del Duero, si es que no sería mejor decir, por las riberas de las playas eternas.

El pequeños armentiense había oído hablar de los monjes de su tiempo, los anacoretas y solitarios que entonces había en abundancia en las no lejanas montañas de Logroño y de Soria, en las estribaciones de la Cordillera Ibérica.

Como ahora se ve en los Colegios o Noviciados, solía verse, en aquellos tiempos, a los jóvenes de vocación ponerse a vivir en la compañía de algún carón famoso por su virtud y sus años de soledad de las montañas para iniciarse en la virtud y en el saber. Le ayudaban a buscar alimento, y el solitario anacoreta les enseñaba las vías del espíritu, los salmos y las leyendas de los monjes famosos.

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En la época de San Prudencio era universal la fama de un monje solitario que tenía su asiento en la Cueva de Peñalba, a orillas del Duero. Saturio se llamaba aquel santo ermitaño, y su Cueva estaba, y está, en la actual Ciudad de Soria. No se hablaba de otra cosa a ambos lados del Puerto de Piqueras, que de la santidad del ermitaño de Soria.

Y allá se fue el animoso joven, no sabemos si iría aprovechando el camino milita romano, que unía las tierras fronterizas de Alava, Logroño y Soria, o si marcharía directamente por entre montañas siguiendo las indicaciones de los pastores o los habitantes de los pagos, hasta llegar al río Duero, exactamente en las afueras de la actual ciudad de Soria.

El río Duero, no tenía, a la sazón, el magnífico puente de hierro que une hoy sus dos orillas; la Cueva de San Saturio estaba en la parte de allá y el muchacho de Armentia, que en su pueblo no tuvo porqué ser nadador, tuvo la divina inspiración de echar su manto al río y echarse él sobre el manto, y así atravesar el riazo, sano y salvo, prodigiosamente. La Cueva está en la orilla misma del río, y San Saturio, el gran ermitaño, a la puerta de la Cueva. El contento del Maestro y del Discípulo tuvo que ser enorme con aquel prodigio.

Y sin más, entraron en la Cueva. ¿Quiere el lector que la visitemos un momento?

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Es una peña inmensa sobre el Duero.

Sobre la peña, una iglesia y Sala de Cofrades

Debajo y dentro de la peña, la armita de San Miguel y varias estancias. Aquí estuvieron nuestros santos. Aquí vivieron. Aquí gozaron. Los alaveses deben visitar estos lugares. El pueblo soriano los cuida con cariño. La Iglesia de encima de la peña es algo maravilloso, desde donde

“…….San Saturio,

avanzado centinela,

despreciando el tiempo, vela

por su pueblo orando a Dios,

y humilde en la roca altiva

que en el aire se sostiene,

el brazo de Dios detiene

e intercede entre los dos”

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Pasaron los años…. No se sabe cuantos. Siete años estuvo con él San Prudencio, formándose en la virtud y en el saber. Pero San Prudencio, el gran ermitaño, lleva ya muchos más. Y muchas penitencias; muchos trabajos; muchos empeños en el apostolado de la tierra Soriana:

“Soria la pura Cabeza de Extremadura”.

Le había llegado al gran anacoreta la hora postrera. San Prudencio no se había nunca separado de él. Fue el siervo bueno y fiel, “minister” y “socius”, dirán las Actas. Así que le acompañó a morir, y le dio cristiana sepultura.

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Pero San Prudencio vio, en esto, llegada también la hora de su apostolado y de iniciarse en los Sagrados Ordenes.

Ambos motivo le indujeron a dejar su querida Cueva de San Saturio y trasladarse a Calahorra, que era la Sede Episcopal a la que entonces pertenecía todavía Armentia.

Calahorra, importante centro de población, sede de muchas civilizaciones, sitio de concentración de gentes de las más diversas y de las más variadas procedencias, allí tenía San Prudencio un campo de actividad, de apostolado. Además de que en la Cueva no podría lograr los Sagrados Ordenes. De modo que emergió.

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La visión de aquel hombre en Calahorra causó una impresión profunda y fecunda, maravillosa y preciosa. En cuanto que se presentó con aspecto imponente de penitente predicando penitencia y cambio de vida a aquella sociedad, dicen las Actas de su Vida, que eran innumerables las gentes que acudían a oír le, y que era incontable el número de conversiones, y que eran extraordinarios, los prodigios que acompañaban a su predicación, ya que se le tenía un concepto extraordinario.

Pero él se asustó de la personalidad que llegó a adquirir en Calahorra, y quiso buscar un ambiente menos conocido, y, a la vez, más propio de su antigua vida de anacoreta. De ahí, su marcha a Tarazona.

También se habla, no sin fundamento, de que su viaje a Tarazona se debió a que no podía San Prudencio en Calahorra recibir los Sagrados Ordenes por estar vacante la Diócesis de Calahorra, y que se fue a Tarazona, diócesis limítrofe, que solía regir, en las vacantes, a la sede calagurritana.

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El hecho fue que en Tarazona recibió los Sagrados Ordenes, y el supremo de todos ellos, el Sagrado Episcopado. Comenzó por ser admitido en la Catedral de Tarazona, como uno de los últimos de sus servidores y sacristanes, Pero su virtud se fue abriendo camino, y, sobre todo, que la Providencia de Dios le franqueó prontamente todas las puertas para todos los grados del divino servicio, Destacó, sobre todo, en el cargo de Arcediano.

Dicen las Actas de su vida, que “ejerciendo con toda dignidad este ministerio, y sin omitir obra alguna de piedad, fue tan grato a todos que a la muerta del Obispo de aquella Sede, fue declarado San Prudencio sucesor por la voz unánime de todos, que decían: “Sea para Prudencio la SEDE episcopal, ya que él es nuestro padre, el consuelo de los enfermos, y el alivio de los pobres”. El Metropolitano de Tarragona hubo de aceptar aquella presentación popular  y nombrar Obispo a San Prudencio.

¡Quién se lo había de decir a él, cuando a los veintiséis años entraba como pobre mendigo casi, por las puertas de Tarazona para solicitar un puesto entre los servidores de la Catedral !. Pero ¡así es la mano de Dios con los humildes!

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De seguro que el día en que se vio San Prudencio con el báculo episcopal en la mano, y vistió la mitra blanca, y se vio rodeado de todo el esplendor de la liturgia visigótica no pudo por menos que volver la vista del recuerdo atrás: a su lejano Armentia, a su añorada Cueva del Duero, a su apostolado en Calahorra: y que los ojos se le llenaron de lágrimas…..

Los pueblos quieren Santos. Eso vieron en San Prudencio. No los deslumbrantes escritos. No la alta elocuencia. No las grandes organizaciones sin alma. No las humanas habilidades. Sino la humildad, el cumplimiento del deber, el hombre de la Providencia de Dios, el hombre de espíritu, y de espíritu “principali”, cual el Profeta Rey demandaba a Dios para él.

Eso quería el pueblo: ¡Un Santo!. Un hombre que hace encarnar en sí y por modo admirable la justicia, la piedad, el sacrificio, la fortaleza, la caridad, el respeto hacia el sufrimiento, la pobreza y la paz, en tiempos tristísimos de la humana vida en que todas estas virtudes son tan desconocidas y tan tremendamente ultrajadas.

Antes de elegirlo Obispo, y después de ser Obispo, en el pueblo de Tarazona, eso quería, y eso vio en San Prudencio, ¿Y para qué le hacía falta más?

Pero la luz no puede esconderse debajo del celemín, y la virtud de San Prudencio transcendió fuera.

Tocando a la diócesis de Tarazona, está la diócesis de Osma (Soria). Surgió allí un conflicto entre el Clero y el pueblo, otros dicen que entre el Obispo de Osma y su Clero, y fue llamado San Prudencio para arreglarlo. Tampoco se sabe en qué consistió el conflicto, Lo interesante es que San Prudencio llegó, lo vio y lo venció. Como Cesar. Mejor dicho, con mano de Santo.

Todos experimentados lo difícil que es la paz, y lo que cuesta llevarla a las familias, a los individuos, a las naciones, y cómo se gastan fórmulas y esfuerzos para hacerla triunfar. Pero la paz no tiene mejores artífices que los representantes de Aquel que vino al mundo a traer la Paz.

Por esa dificultad de la paz, el hecho de San Prudencio en Osma debió impresionar fuertemente; y el clamor popular pasó a los copistas, a los libros, y durante trece siglos no ha podido desprenderse del hilo de la tradición que sigue llamando a San Prudencio: ANGEL DE LA PAZ.

Así lo aclama hoy la Iglesia Católica en sus oraciones del día 28 de Abril, y la Provincia de Alava lo representó así en los Quedarnos de Leyes y Ordenanzas de la tierra, portando un ramo de paz Alava que aparece postrada a sus pies en figura de noble matrona.

Tres días después del suceso de Osma, otro acontecimiento vino a conmover a la ciudad. Tuvo que ser un gran golpe. ¿Qué acontecimiento vino otra vez a turbar la ciudad, echarse las gentes a la calle y agolparse en torno a la residencia de San Prudencio en Osma?

Su muerte.

La muerte no sabe de éxitos, ni le importan los comienzos de una carrera o interrumpir los avances de una obra…. Llega cuando tiene que llegar.

Aquel pueblo se quedó de un aire. Según las Actas, en lo poco que dan de sí, tres días después del suceso de Osma al disponerse a regresar a Tarazona se sintió gravemente enfermo, y después de recibir con gran humildad y devoción los Santos Sacramentos, descansó en el Señor.

Era un 28 de Abril, cuando los manzanos estaban en flor y los sarmientos verdegueaban.

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Los de Tarazona, como parecer lo más natural, querían llevarse allá los restos de su Obispo. Pero los de Osma, que sabían el gran tesoro que tenían en las manos, no se resignaban a dejárselo perder.

Entonces se acudió a u  medio muy corriente en aquella época, y que hemos visto que se usó con San Isidoro de Sevilla, San Fausto de Bufanda, San Pedro de Osma y otros. Fue colocar el cadáver sobre la caballería que había usado en su vida, y dejarla libre.

La caballería ni se detuvo en Osma, ni tomó el camino de Tarazona, sino que se dirigió hacia Logroño, salvando las montañas que se separan Soria y Osma de Logroño.

Seguían a la cabalgadura los admiradores y discípulos de San Prudencio. Sobre todo, su fiel compañero Pelayo.

Dicen las Actas que “subiendo por los montes y bajando a los valles, venciendo con gran esfuerzo la dificultad de algunos pasos y atravesando que hubo el rio impetuoso llamado Leza, comenzó la mula a escalar un empinado y terrible peñasco. Cerca de la hora de nona ( las tres de la tarde del día siguiente) llegó el animal a subir a la cumbre donde había una cueva. Entró allí con el cuerpo de San Prudencio, y, echándose en tierra, descansó. Pelayo y sus compañeros sepultaron al Santo en la Cueva de Monte Laturce, después de pasar toda la noche en oración”.

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Su sepulcro fue glorioso. Allí se formo un eremitorio con sus anexos de tierras, viñas y huertos, según dice un pergamino que se conserva del año 950.

Después se alzó allí mismo el Real Monasterio de San Prudencio, de ancha y larga historia, parecido a los Monasterios de San Francisco de Vitoria y otros de nuestra provincia.

Pero, como estos, Monte Laturce es hoy un montón de ruinas, por obra de la invasión francesa y de la desamortización de los liberales en el siglo pasado. Se conserva, no obstante, la Cueva o Cripta (debajo de la iglesia), donde estuvo el Cuerpo de San Prudencio, hasta el año 1821.

La Diputación alavesa que sufragó varias veces los gastos de conservación de esta Cripta, antes del derrumbamiento del Monasterio, ¿no querría ahora velar porque no desaparezca del todo en aquella abrupta sierra de Laturce? ¿Por lo menos, la Cripta?

Monte Laturce está cerca de Logroño. Carretera de Villamediana, hasta Rivafrecha y Puente del Val, unos dieciocho kilómetros. Después, a pie, como a un cuarto de hora. El viaje desde Vitoria merece la pena.

Lo que es para enorgullecer de veras a todos los alaveses es que las Reliquias han tenido siempre una veneración especial. Una veneración y atractivo extraordinario. Todo el mundo se prendaba de ellas, y para todas partes desde allí han ido saliendo algunas. Recordaremos las más importantes.

En Belorado, en el Altar Mayor del Monasterio de San Miguel de Pedroso, año 759, pedidas por la Abadesa Nuña Bella.

En Albeldar, con motivo de la cesión del Monasterio de Laturce al de Albelda, por el Abad Adica. Año de 950.

En Nájera, en Santa María la Real, una arqueta con gran parte de las Reliquias de San Prudencio, en 1052, a petición del Rey Garcia VI de Navarra y II de Nájera. Hoy desde 1835 está la arqueta en la Capilla de San Prudencio, en la Real Parroquia de Santa Cruz, de la misma ciudad.

En Roma, llevadas allí por el Papa Adriano VI cuando de regreso de Vitoria, visitó el Monasterio de Laturce, en 1521.

En Sahugún, en el Monasterio Benedictino, para la consagración de su Altar. Año de 1183.

En Tarazona, en la Catedral, está el Relicario de San Prudencio de mayor mérito artístico. La Reliquia fue traída en 1393. El Relicario es de 1585.

En el pueblo de San Prudencio, de Guipúzcoa, una reliquia traída de Roma por el prior de Velate. Acaso una de las que llevó a Roma el Papa Adriano.

En Vitoria, en la Catedral de Santa María, desde 1580, en un relicario que se da a adorar a los fieles.

En la ciudad de Logroño desde 1821 se encuentra provisionalmente la preciosa arqueta de las reliquias de San Prudencio que quedaban en el Monasterio de Monte Latuce al cerrarse este Monasterio. Está la arqueta sobre el Altar, en la Capilla de la Milagrosa, en la Colegiata de la Redonda. En medio está la arqueta de San Prudencio, y a sus lados las arquetas de San Félix (lado del Evangelio) y San Funes (lado de la Epístola).

En Vitoria, en la Capilla de la Ecma. Diputación, un relicario tomado de Logroño en 1831.

En Armentia, en la Basílica de San Andrés, hoy de San Prudencio desde 1921. Había pedido para Armentia una reliquia el Ayuntamiento de Vitoria en 1651, pero, o no debió traerse o la trajeron equivocada de un San Prudencio mártir.

En la Capilla del Seminario de Vitoria para la consagración de sus altares…..

En las Colonias Alavesas de Bilbao y San Sebastián…..

En Osma (Soria), se han encontrado dos relicarios de San Prudencio, (no se tiene dato de fecha de entrada). Se hallan en la Iglesia Parroquial de Santa Casilda.

En verdad que los pueblos se mostraron siempre codiciosos de las reliquias del humilde santo en los siglos de los siglos…..

Pero Alava sigue esperando que las arquetas de Logroño y de Nájera que contienen la mayor parte de ellas vengan en alguna ocasión a Armentia. Por unos días nada más, por un día, por unas horas, por una sola vez, al pueblo donde se formó y que le vio nacer y luego marchar en un viaje que aún no ha tenido retorno. Ni al cobo de los siglo mil, pues ya entramos en el segundo milenio…..

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Con igual fecundidad florece la santidad de San Prudencio en calendarios, actas, breviarios y otros documentos oficiales de la iglesia. También la expresó el arte: arquitectura, escultura, pintura y las artes menores.

Su canonización debió ser sencilla, como en aquellos remotos siglos acostumbraba a hacerse, es decir, por el Obispo Diocesano, en nuestro caso el de Calahorra, quizás San Félix, en el siglo octavo, aprobando el culto que Clero y pueblo venían dando a San Prudencio en Monte Laturce.

Pero, enseguida, de los calendarios diocesanos, pasa su culto, a los nacionales e incluso al Martirologio Romano, y se ve efectivamente que sus relicarios tienen culto canónico y público, en una zona extensa, y al poco de su muerte.

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La fiesta de San Prudencio, el 28 de Abril, está tan injertada en el alma de los paisanos de San Prudencio, que no hay alavés que no festeje este día, por alejado que se halle del solar nativo. Una muestra de ello, sus Colonias alavesas cada vez más florecientes.

La fiesta de San Prudencio está en el Catálogo de fiestas tradicionales de precepto de Vitoria en el Concejo vitoriano de 1483. Y en el Calendario de la Diócesis en 1410. Y en las costumbres de la Colegiata de Vitoria desde 1496 para asistir los Canónigos a la función de Armentia, costumbre hoy renovada.

Pero el paso más grande para la devoción de los alaveses a su glorioso paisano es la triple declaración de las Juntas Generales de Alava (1643, 1644 y 1699) de elegir por Patrono de Alava a San Prudencio, y así lo otorgo la Santa Sede en marzo del año 1698, con todas las prerrogativas, derechos y obligaciones del Patrono y de los patrocinados. Como es Copatrono de la Diócesis de Vitoria desde el año 1858.

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Hay otros muchos hechos de la devoción de San Prudencio que no están escritos en este libro: Su patronato en el Seminario, en el Hospicio, en el Asilo de Talavera; sus ermitas en Lezama, Berrícano y otras como Lazcano, etc. etc. su fiesta de las Juntas de Mayo en tierras esparsas, hoy simbólicas…

Pero lo más interesante, el Patrono de San Prudencio no se nos ha dado para un solo lugar o para un solo día al año. El Patrono de San Prudencio le obliga a San Prudencio y nos obliga a nosotros mucho más.

Este pequeño libro se ha hecho con la mira de llevar a San Prudencio a todos los alaveses, para todos los días del año, y para todas las inquietudes de la vida. Y más teniendo nuestro Patrón una especialidad tan del día y tan de todos, como es la paz. Deben extenderse por toda la Provincia sus estampas, sus medallas, sus indulgencias.

Y sobre todo, que se restaure la Cofradía de San Prudencio fundada en 1.580. Y que ahora tendría este doble fin: propagar su devoción y procurar entre los alaveses la paz individual, familiar, social, etc. Que así sea.

Abril de 1949.

Hasta aquí todo lo que en su día escribió para honor, honra y gloria de San Prudencio el muy Ilustre Cronista de Alava J. M. de Marigorta. A su petición de restauración de la Cofradía “Amigos de San Prudencio” podemos decir a todos los alaveses que está constituida canónicamente desde el día 6 de marzo de 1990. Solo hace falta que todos los alaveses y vitorianos tomemos conciencia de su existencia y seamos muchos lo que nos acerquemos a orar en esta hermosa Basílica para hacer posible la paz en el mundo, la paz en nuestras familias y la paz interior en todos y cada uno de nosotros.

Abril de 1998